"El viejo cuartel militar de San Juan de los Terreros era el corazón de la defensa terrestre. Mientras el Castillo vigilaba el mar, aquí se alojaban los soldados que patrullaban los caminos, protegían las caravanas de esparto y sal, y perseguían a los corsarios que osaban desembarcar.
El Halcón de Terreros conocía bien este edificio. Había sobornado a más de un soldado hambriento que prefería unas monedas de plata a la lealtad al rey. Sabía cuándo cambiaban las guardias, qué oficiales bebían demasiado vino, quiénes tenían familias que alimentar y estaban dispuestos a mirar hacia otro lado.
Una noche, el corsario hizo algo que nadie esperaba: se coló en la zona del cuartel. No para atacar —eso habría sido una locura— sino para dejar un mensaje audaz que demostrara que ni siquiera en su propia guarida estaban a salvo de su ingenio.
'Si encuentran esto', pensó mientras escondía su pequeño tesoro, 'sabrán que El Halcón puede volar hasta el nido del águila española sin que nadie lo vea. Los soldados duermen, los vigías dormitan... pero yo nunca descanso.' Dejó su cofre justo donde menos se atreverían a mirar: cerca de las dependencias militares, en un lugar cotidiano donde los soldados pasaban cada día sin prestar atención, cegados por la familiaridad."
🔍 Pista
El Ojo del Halcón: Una noche sin luna, el corsario subió al mirador. Se quedó allí de pie, contemplando todo Terreros bajo las estrellas. 'Qué vista', pensó. 'Desde aquí ven todo... excepto lo que tienen delante de sus narices.' Dejó su cofre en el mismo mirador, camuflado en algún rincón de la estructura. Busca el lugar desde donde los soldados del rey vigilaban todo su territorio: un mirador en la zona del antiguo cuartel, desde donde se domina Terreros mirando hacia el sur.