El Halcón de Terreros era un corsario bereber, musulmán del norte de África, pero navegaba por aguas donde convivían tres culturas: cristianos, musulmanes y judíos. Aunque él rezaba mirando hacia La Meca, respetaba profundamente los lugares sagrados de todas las religiones.
Los pescadores y mineros cristianos de Jaravia contaban que el corsario jamás atacaba las ermitas ni iglesias. Decía: 'Alá es grande, y todas las casas de oración merecen respeto'. En el Corán había aprendido que los lugares de culto debían protegerse, fueran mezquitas, iglesias o sinagogas.
Una noche de tormenta terrible, perseguido por soldados del rey Carlos III, El Halcón vio desde su barco la luz de la Ermita del Pilar brillando en la oscuridad. Aunque no era su fe, siguió esa luz como señal de esperanza y encontró refugio en una cala cercana.
Al amanecer, subió hasta la ermita. No entró, pero dejó tres monedas de plata en la entrada como agradecimiento. 'Cada luz que guía en la tormenta es un regalo del cielo', dijo a sus hombres. Allí cerca escondió un tesoro pequeño, donde el mar y la fe se encuentran, para enseñar que el respeto une a los hombres más que las espadas.
🔍 Pista
El Muro de los Ancestros: Busca la ermita blanca que mira al mar como una paloma posada en la colina. El Halcón no entró al templo cristiano, pero encontró algo que le recordó a su tierra: un balate, un muro de piedra seca construido por manos moriscas para contener la tierra de las terrazas. Estos muros eran obra de sus hermanos musulmanes que vivieron aquí antes de la expulsión. Busca en el balate que está frente a la entrada de la ermita.